Autora: C. J. Tudor
Título original: The chalk man
Traductor: Carlos Abreu Fetter
Edición: 1ª ed.
Editorial: Plaza & Janes
Año de edición: 2018
Número de páginas: 352
ISBN: 9788401019814
Créditos imagen
Opinión
Cuando se publicó esta novela, me llamó la atención el argumento y las buenas críticas pero, como suele pasarme, dejo pasar un tiempo —quizá demasiado— antes de leerlas. Tenía entendido que el punto fuerte de esta historia es la inquietud que la autora quiere transmitir al lector mediante una trama que comienza de forma sencilla: un grupo de amigos establece un código secreto —basado en los dibujos del juego del ahorcado hechos con tiza— hasta desembocar en un final bastante oscuro e inquietante.
El hombre de tiza comienza con un prólogo que consigue captar la atención del lector, ya que, por un lado, un niño nos cuenta que conoció al hombre de tiza en una feria hace treinta años y que lo sucedido en aquella época parece regresar al presente; y, por otro, aparece en un bosque el cuerpo de una joven a la que le falta la cabeza. ¿Quién es el hombre de tiza? ¿Por qué le falta la cabeza al cuerpo de la joven? Con este inicio ya se despierta la curiosidad por seguir leyendo.
Desde las primeras páginas será Eddie quien nos narre, en primera persona, lo que ocurrió durante su infancia en 1986, pero también lo que acontece en el presente de 2016. Es un personaje que carga con un pasado que no ha sabido asimilar y que tiene tendencia a conservar objetos que no le pertenecen por derecho propio. A medida que la historia alterna entre pasado y presente, nos damos cuenta de que quizá no sea un narrador del todo fiable.
El hombre de tiza arranca con el recuerdo nostálgico de Eddie sobre su infancia: los juegos, los veranos en bicicleta, la pandilla inseparable de amigos… pero un suceso perturbador marcará un antes y un después. La autora sabe manejar esa transición, mostrándonos cómo lo cotidiano puede tornarse inquietante sin necesidad de grandes artificios.
Los personajes funcionan, en general, como piezas de un recuerdo colectivo más que como retratos individuales completamente desarrollados. El grupo de amigos tiene momentos de autenticidad —discusiones, lealtades, pequeñas traiciones—, pero no todos alcanzan la misma profundidad. Aun así, cumplen su función dentro del engranaje de la historia: son reflejos de una infancia compartida que, vista desde la adultez, adquiere matices más oscuros.
Desde un punto de vista más profundo, El hombre de tiza gira en torno a la fragilidad de la memoria y a la manera en que reinterpretamos el pasado para poder convivir con él. Hay una reflexión constante sobre la culpa —no tanto como castigo, sino como carga silenciosa— y sobre esa frontera entre la inocencia infantil y la conciencia adulta. La novela sugiere que crecer implica también aceptar que no siempre fuimos quienes creemos haber sido.
Pese a que no es una novela de ritmo trepidante en la que las páginas vuelen, la autora sabe dosificar la información para mantener enganchado al lector y ese es, a mi parecer, uno de sus puntos fuertes. Sin embargo, a medida que nos acercamos al final, todo se desarrolla de forma precipitada y, personalmente, me dejó una sensación agridulce, ya que se plantean situaciones que generan dudas difíciles de justificar, lo que desluce el conjunto.
Puedo entender que, en el momento de su publicación, causara cierto revuelo, no tanto por el argumento en sí, sino por lo que sugiere: que el pasado nunca se cierra del todo, que los recuerdos pueden convertirse en trampas y que gestos aparentemente inocentes pueden ser señales de algo más turbio. Pero de ahí a que se la compare con Stephen King me parece excesivo.
Conclusión: una historia con un buen comienzo, pero con un final precipitado en el que se intuyen ciertas cosas y que deja dudas respecto a algunos hechos. Es entretenida, pero tampoco justifica del todo el revuelo que causó en su momento.



